Wednesday, February 15, 2006

SOBERBIA EN EL PATIO CON GLICINAS


El patio en damero olía a glicinas azules y a jazmines blancos. La chapa de zinc, calada, que bordeaba la galería, brillaba bajo la luna gris, allá, en el convento de Boedo.Ramón había vuelto hacía poco del laburo en el puerto, y ya se había paseado un rato largo, pavoneándose con aire suficiente y ganador, delante de la pieza de Mabel, la rubia de la sala, sin que ésta diera señal alguna de reconocer su varonil presencia y su elegante porte.Luisa, “la Tucu”, delicada tez de aceituna y enormes ojos negros, cebaba mate, sentada en un banquito, envuelta en su batón con florcitas rosadas, mientras Ramón, su hombre, bigotazos azabache, en la cara aflautada de piel muy blanca, casi transparente, y vello tupido, asomando entre los botoncitos de la camiseta de frisa entreabierta, lo tomaba, sentado a horcajadas en la silla de paja descangallada y fané, y le espetaba: "¿Para qué querés leer y escribir, decime?¡Qué vas a aprender, vos! Para ganarse la vida no hacen falta libros, basta con tener buen lomo y ser bien macho, nena".Eso repetía a la mujer todas las noches, en cuanto ella le hablaba de sus sueños.
Ramón traía el morfi diario, amén de las pilchas necesarias, para eso era el varón y nada más. "Dejate de pavadas, conque me tengás el bulín limpito, la mesa puesta y me dés bola en la cama, es más que suficiente.Las mujeres no sirven para nada, no me vengás con historias. ¿No te dás cuenta que el mundo se hizo para el hombre, no es para flojas de tabas y de coco, como vos? Me basto y sobro yo solito para todo. ¿O te falta algo? ¿Me vas a decir que no te tengo como una reina"? Luisa pensaba que la vida debía ser algo más que el piletón y el agua fría, algo más que el huevo frito en el calentador, y el mate y las glicinas, y ese quererla de apuro sobre el elástico ruidoso y el colchón de lana mal cardado, pero Ramón era tan seguro de sí mismo, parecía tan fuerte, que aunque nunca la había lastimado, le inspiraba un temor reverencial y sumiso. Él la levantó de la miseria más atroz allá, en aquella pensión miserable de Retiro, recién llegada de su Tucumán natal.¡Tucumán! Luisa recordaba la plantación de caña, el rancho , el hambre y aguantaba. Aguantaba, y le rendía culto a Ramón mientras estaba en casa, pero hilaba todas las mañanas su sueño de otra cosa, cuando hacía los mandados, la mano en la bolsa para el pan, de tela, con cuadritos blancos y rojos y ese volado tan prolijo; cuando baldeaba el pedacito de patio delante de la pieza en el inquilinato, y cuando vaciaba el fuentón del baño semanal, en el que le tocaba el segundo turno, con el agua ya llena de jabón y roña.
"¡No querrás bañarte vos primero!", decía Ramón todos los sábados, y se sumergía en el agua tibia y limpia. Luisa fregaba la espalda de su hombre con la bolsa de harina cortada en pedacitos y suspiraba soñando otra vida, lejos del papel que le estaba tocando en suerte.
Una mañana, Luisa supo por la panadera, que la escuela del sindicato abría la inscripción, y sin pedir permiso se anotó.Ramón permaneció ignorante de las nuevas actividades de “la Tucu”, como le decía, cuando se ponía querendón, y siguió pavoneándose ante la rubia de la primera pieza. Gastó el piso de ir y venir, e hizo tanto alarde de su estampa, de su labia y condiciones, que se ganó a la rubia de la sala, otra muerta de hambre, que se ganaba el mango levantando puntos en el centro. Y aunque sólo fue un relumbrón, porque a la rubia con una tarde de romance le bastó para el descarte, después de eso, ya nada fue igual para “la Tucu”. Su hombre se sentía más importante que Gardel y Le Pera juntos. –De lástima no te pianto-, le repetía entre mate y mate, mientras Luisa tragaba saliva, apretaba dientes y cada día quería ser más Luisa y menos la tucumana.Ella escondía libro y cuaderno en el cajoncito del ropero, justo debajo del ponchito que le compró la mamá cuando subió al tren aquella tarde de invierno.Ella freía los huevos y los churrascos en el calentador y callaba.
Vivir con un pavo -sobre todo si cree que es Real- no es cosa fácil, pero la Tucu ya leía bastante bien después de un año, y hasta podía con las cuentas de dividir si la apuraban.Cuando abrió la perfumería Ivonne sobre la avenida, y pusieron en la vidriera el cartelito que decía “se necesitan vendedoras con buena presencia”, el corazón de Luisa dio un respingo. Era mucho para ella, que después de todo era una inútil, una inservible, una mantenida por Ramón casi de lástima. Además, era difícil que la tomaran. Seguro que el Jefe de Personal preferiría a alguien con un tipo más fino, como Ramón había preferido a Mabel, en su momento.
Aquel día, cuando él se fue a hombrear bolsas, y se despidió de ella gruñendo y diciendo: "arreglate con esta guita, es más que suficiente para una pajuerana como vos", puso la olla en el calentador y se baño primera y única. Sacó la colonia del ropero y se peinó el rodete bien tirante. Se veía linda, la tucumana.Llegó a la puerta de la perfumería y se encontró con la rubia de la sala, en la fila de las aspirantes. Tuvo que apoyarse contra el buzón para no caerse.
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El patio en damero olía a invierno. La chapa de zinc, calada, que bordeaba la galería, no se veía en esa noche cerrada y sin estrellas, allá, en el convento de Boedo.Ramón había vuelto hacía poco del laburo en el puerto, y recorría la pieza desconcertado.Luisa, “la Tucu”, la de la delicada tez de aceituna y los enormes ojos negros, no estaba ya esperándolo, con el mate y el huevo frito en el calentador, y el agua tibia en el fuentón ya lista para el baño.Tampoco estaban en el ropero, el batón con las florcitas color rosa y el poncho tucumano.Ramón corrió hasta la sala, desesperado, a preguntarle a la rubia si sabía algo de la Tucu. Mabel le contó con pelos y señales cómo Luisa le había ganado a ella, el puesto de vendedora en la perfumería nueva."Querían alguien que supiera leer y escribir como la gente", le comentó, decepcionada.
Cati Cobas

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