Sunday, February 18, 2007

EL ALAZÁN


Juan Molina era conocido como "El Alazán". Un poco por el pelo y un mucho por los bríos que demostraba en cuanta ocasión se le cuadrara. Juan, mano derecha del Doctor Felipe Arenales, el caudillo "conserva" de Avellaneda, seguidor de Leandro Alem allá afines del siglo XIX, era mandado a hacer para cualquier tipo de entrevero y rapidísimo a la hora de echar mano al facón que llevaba en la cintura siempre que hubiera que defender al jefe. Eso sí: trataba de no acuchillar a nadie, y usar el arma para "apurar de ojito" porque, a pesar de todo, Juan era un buen hombre y lo que menos quería era cargar con muertos sin una necesidad imprescindible.


Gentil, atento, generoso y fiel. "Más no podía pedirse de un criollo", decía su vieja. Con ser leal a su mandamás se daba por bien cumplido. ¿Había comicios? Ahí estaba él, al lado de las urnas para decir a los votantes "radichetas*" o "anarcos": "Usté ya votó, m´hijo". Y pobre del que se le retobara…Una mirada de sus ojos negros fulminabaal más arriesgado, y le hacía meter el sobre con el voto en el bolsillo. ¿Se necesitaba pegar pancartas? El Alazán convocaba a los "purretes" del barrio y en dos horas toda Avellaneda estaba cubierta de avisos para que los vecinos votaran a Don Arenales. Juan caminaba sin miedo por esas calles del suburbio entre el olor a sebo de los mataderos y las barracas de paredes de ladrillo rojo. Hasta los perros lo conocían y no le ladraban porque husmeaban que, dentro de todo, era buen tipo, aunque, tal vez, demasiado fiel a Arenales, como si no pudiera vivir de otra manera. Para Juan, el universo se reducía a ayudar a su gente y servir a su patrón, el poderoso cacique suburbano. Aunque -no podemos dejar de mencionarlo, aún comprendiendo que es una pena desmerecer así las bondades de nuestro protagonista- alcahueteando también, porque el Doctor necesitaba información de primera mano, y Juan la conseguía siempre. ¿Don Leandro iba a hacer un mitín en el frigorífico? Juan partía raudo para anoticiar al patrón. ¿Los anarquistas estaban pensando en boicotear el comicio? A los cinco minutos, Don Felipe estaba al tanto gracias al Alazán. Eso sí -justo es reconocerlo- amigo de hacer favores, ElAlazán: "Dotor": Celia, la planchadora de acá a la vuelta mepide "conchabo p´al" marido" o "El pibe de Don Laguna "anda en patas", "Dotor"…." Cuando Arenales acordaba las soluciones, raudo y feliz, salía El Alazán para satisfacer la demanda.


Era, por otra parte, entrador con las mujeres, y hasta sabía rasgar la guitarra, si cuadraba, por lo que tenía el éxito asegurado. Peropara él, que estaba al servicio del "Dotor", las "grelas" eran florde un día. Salvo Camila Ferrer…Camila era otra cosa. Aunque esa paloma volaba demasiado alto paraél. Rubia, de ensortijados cabellos y naricita respingona tenía algode frágil porcelana para Molina.La muchacha, hija del maestro, lo veía con buenos ojos, a pesar deque le costaba "darle calce" porque mucho no le gustaba el trabajodel pretendiente. Pero se dejaba querer a distancia, saboreando esa admiración que Juan le profesaba como un regalo muy especial. Cuando él se tocaba, con el índice y el medio en paralelo, el ala del "funyi" cada vez que pasaba cerca de Camila, las mejillas de la muchacha se arrebolaban a suspiros. Una tarde, en que Cupido andaba merodeando entre las medias reses vecinas mientras Camila tomaba fresco sentada detrás de la reja, El Alazán se animó, y comenzó a declararse. El maestro dormía su siesta de verano y así, casi sin darse cuenta, Juan y Camila comenzaron a ser novios. Ferrer rezongó un poco, pero al final claudicó y El Alazán inició sus visitas a la casa. Así fue como Juan descubrió en el inocente maestro, al caudillo anarquista más importante al Sur de Buenos Aires. Muy a su pesar, no tuvo más remedio que contárselo al Doctor ya que éste consideraba a todo aquel que pensara diferente, como su enemigo, y Juan comprendía que debía anoticiarlo.
Era su deber.
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El Alazán, que iba a hacer el novio, como todas las tardes, no dio crédito a sus ojos…Camila Ferrer yacía, ensangrentada, en el piso de tierra. Había puesto el pecho para defender a su padre
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Juan entró, despacito, al despacho del Doctor Arenales. Quería una explicación. Nada más que eso. El "Dotor" debía haber tenido sus razones para actuar así. Camila era lo que más quería en el mundo, pero Arenales era el jefe, y eso bastaba...


El Alazán, mirando a su "Dotor" y tratando de comprenderlo, no viocómo se acercaban por la espalda varios hombres, idénticos a él, que no dudaron en hincarle el facón sin miramientos y sin el más mínimo atisbo de misericordia.Eran hombres de Arenales, y era su deber.


Cati Cobas


* del partido Radical

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