Saturday, February 24, 2007

EL HOMBRE QUE QUERÍA DETENER EL TIEMPO


Hermes Temporoni se había sentido siempre muy buen mozo, y eso se notaba en su porte y elegancia. A pesar de haber doblado el codo de los cincuenta, mantenía una prestancia muy especial que lo distinguía de los otros gerentes de La Empresa. Tal vez se debía a los entrenamientos en el Tiro Federal, ya que nadie le ganaba en los campeonatos, a pesar de que los años iban transcurriendo: el blanco era suyo, implacablemente. Pero ya sus articulaciones no eran las de antes, y lo mismo ocurría con la vista. Esos ojos azules, que habían seducido a tantas, estaban dejando de leer hasta los nombres de las calles. "Algo tengo que hacer para detener el tiempo", pensó Hermes esa mañana de diciembre llegando casi, casi, a fin de año.


Había sido siempre un poco -en realidad un mucho- terco y solitario, pero esa misma terquedad, complementada con su espíritu independiente, le había permitido alcanzar niveles muy altos en el organigrama de La Empresa. Era cierto que la única compañía con la que contaba era la dePancho, el Setter Irlandés, su inseparable camarada de tantas cacerías. "¿Para qué más?", decía El Tano cuando le preguntaban por qué no tenía una pareja estable, ni tampoco hijos. "Con Pancho tengo toda la compañía que me hace falta y tiene la gran ventaja de que no habla, no pide, ni pregunta. Es perfecto". Por otra parte, Temporoni se consideraba "un hombre de recursos", alguien que no se ahogaba en un vaso de agua, un tipo con agallas. Tendrían que venir por él, no se iba a entregar a la decadencia así como así. Lucharía, enfrentaría al enemigo. Si había podido con contrincantes de toda laya: los amigos del barrio, en el picado; los del secundario, en el Nacional Buenos Aires, que comenzaron menospreciándolo por no ser de la sociedad, y todos esos que le habían hecho zancadillas en La Empresa.


A él, al Tano Temporoni nolo iba a vencer ni la muerte. Faltaría más. Aunque ahora era distinto; definitivamente: otra cosa. El vientre blando, los párpados caídos, los dientes, amarilleando tras siglos de nicotina y alquitrán, hacían un conjunto muy difícil de aceptar.Tanto, como el hecho de que esa chiquilina, la secretaria de Rolón, le hubiera dicho: "ni por todo el oro del mundo, Ingeniero". A él no, a Hermes Temporoni nadie le negaba nada, y menos esa piba recién venida, una "chirusita" ordinaria y sin prosapia. Lástima que tuviera tan lindas piernas, que si no…


La colección de armas de Temporoni estaba guardada en un armario de roble de exquisita factura y mejor gusto. Cada pieza, lustrada y aceitada para cumplir su cometido. Cada una, en su correspondiente estuche y a punto de ser utilizada. La Browning 1909, también, por supuesto. Al abrir la caja, forrada en terciopelo rojo, el Tano tembló por primera vez en muchos años recordando cuánto le había costado tener esa pieza que era igual a la que usara, presuntamente, Gavrilo Princip, para asesinar a los duques de Austria en Sarajevo1914: mejor que el brillante de Tokapi para un tipo como él. Sirvió el champagne en la copa de Baccarat que reservaba para las ocasiones especiales. Aunque estaba solo en ese enorme piso de la Libertador, se sentía a gusto. No era hombre de aflojar cuando se proponía algo. ¿Qué importaba que pronto el reloj del Pilar dieralas doce campanadas? Ese era el momento preciso para detener el tiempo.


Colocó el calendario del año que llegaba contra la puerta de entrada de la biblioteca, y por delante, el antiguo reloj de enorme esferaque había comprado a los Bullrich en el último remate. "Cuando den las doce: apunten… ¡fuego!", pensó Hermes. "El tiempo se detendrá para siempre en este 2006 que comienza, el espejo no me va a volvera incomodar cuando me mire. Y Blanca no me va a poder decir lo que me dijo el otro día… ¿Se llamaba Blanca? No estoy muy seguro, lo que me gustaron son las piernas y no el nombre. Se va a arrepentir del desprecio, va a darse cuenta de quién es el Tano Temporoni".


Las campanas de la Iglesia del Pilar, ahí tan cerca, resonaron para el hombre que quiso detener el tiempo, y ahogaron los lamentos dePancho, que sangraba, herido de muerte, detrás de la puerta de labiblioteca.


Cati Cobas

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