Cuando yo era chica, los hormigueros ejercían en mí una gran fascinación. En “El Tesoro de la Juventud” había leído que se podía fabricar un formicario con paredes de cristal, rellenarlo con tierra, y convertirlo en hogar para una colonia de hormigas laboriosas. Había que darles hojas frescas y verdes para que pudieran continuar ahí, tan lejos de la “Pachamama”, su ciclo vital, y, a cambio, podrían analizarse comportamientos varios.Le pedí a mis padres que me permitieran construir uno, pero mi papá, que amaba las plantas y detestaba las hormigas, me sugirió que lo mejor era apreciarlas en su verdadero entorno: el jardín.
Como los niños no tienen demasiada noción de crueldad, nada me fascinaba más que confundir a mis observadas: un día las hacía subir a un palito, y perdían el rumbo al hormiguero; otro, les vertía agua para comprobar si nadaban. A veces, les retiraba su carga, y observaba cómo se comunicaban entre ellas para volver a indicarse el camino.
Yo no me sentía cruel, sólo curiosa, intrigada, deseosa de saber más sobre ellas. Y, un poquito -por qué no confesarlo- todopoderosa. A pesar de todo, llegué a querer a mis hormigas, que, en realidad, no eran mías sino de ellas mismas, creadas por la Madre Naturaleza. Había aprendido a distinguir a algunas pintándoles una pequeñísima marquita. Me encantaba verlas cortar hojitas, cruzarse en los caminos, entrar y salir de los agujeros que accedían a su morada. Las imaginaba empeñosas, alegres, tristes, perezosas, y tantas cosas más.
Pero, una mañana, algo -no me pregunten qué- hizo que buscara una pala y destruyera un hormiguero.
Las hormigas comenzaron a moverse enloquecidas. Su hogar estaba sin techo. Sus laberintos, al descubierto. Las contemplé mientras corrían desorientadas, como si buscaran una explicación para el caos. Me dio mucha pena haber destruido el hogar de las hormigas. Muchísima pena.
Eso sí, cuando volví al lugar, ya habían vuelto a armar un hormiguero nuevo, y continuaban sus labores como si nada hubiera pasado.
Y desde entonces me convertí en observadora de pájaros.
Cati Cobas




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