
No me imaginé nunca que me iba a pasar ésto. Cuando fui a ese grupode autoayuda para adelgazar rondaba los ciento cincuenta. Recuerdo que lo único que podía usar para abrigarme era el poncho rojo que mi papá había traído de Salta. Estaba tan, pero tan, sola y triste y angustiada…Pero me animé, porque me dije: "Julita, así no podés seguir. En cualquier momento el "cuore" te va a dejar de funcionar o ladiabetes y el colesterol van a terminar con vos".
Es que no podía dejar de comer. Todo me venía bien: milanesas -seis por lo menos-, varios platos de fideos con pesto, cuatro o cinco chorizos y mollejas y chinchulines el domingo...Porque ¿qué era un asado sin achuras? ¿eh? Nada: un asado sin achuras es insignificante, a mi no me llenaba ni una muela, era un aperitivo. Y los dulces… Aunque soy más del salado que del dulce, pero igual, nome digás que un arroz con leche… Bueno, unos cuantos platos de arrozcon leche. A mí con una compoterita no me conformabas.Y las tortas… ¡ay, mi perdición! La del cumpleaños de mamá me la comí casi toda yo porque la inmunda de Betty, mi hermana, era un palito de flaca, y encima, se cuidaba… en cualquier momento desaparecía. Sí, desaparecía en los brazos del tilingo ese que la esperaba a la salida del hospital. Yo no sé cómo la contrataron si con lo flaquita que era ni poder dar vuelta a los enfermos. En cambio yo, por más que salí primera en mi promoción, no conseguía trabajo ni de casualidad.La gente discrimina. A mí me veía así, gordita y en ningún lado me tomaban. Hasta en el colectivo se iban de al lado mío. Está bien, casi no quedaba lugar en los asientos para el otro, pero, no me digás que todos me tenían que dejar pagando sola, no, eso es discriminar y nada más. Y no te digo de novios… a Betty nunca le faltaron, y eso que ni de dónde agarrar. La verdad ¿no será anoréxica, digo yo? A veces también pensaba que esos anteojos culo de botella que yo tenía usar, por la miopía, digo, tampoco me ayudaban ¿no? Bueno, cuando llegué al grupo de autoayuda para gordos, ahí sí, ahí sí encontré una verdadera solución a mis preocupaciones. Eran gente humilde, de barrio, pero ¡qué corazón! Le alquilaban al Párroco un saloncito para poder reunirse, y juntaban la plata pagando, el que podía, un pesito cada uno. A mí, como no tenía trabajo, no me cobraron durante un montón de tiempo.Todavía no podía dejar de comer del todo, pero el cambio eranotable… ¡Cómo me ayudó esa gente! ¡Qué gente buena! Te llamabanpara recordarte que estabas a dieta, te citaban en el parque paracaminar -que al comienzo me daba vergüenza- pero, de a poco, como eldescenso de peso era directamente proporcional al ejercicio, dejé el poncho salteño, me puse el equipo de gimnasia -conseguí uno de milagro, la verdad- y a girar y girar horas en el parque. Te repito: ¡qué buena gente! ¡Qué contención me dieron! Una mano así no te la da nadie, ni los médicos. Es que en esos grupos todos tienen o tuvieron tu mismo problema y saben cómo ayudarte.La cuestión es que en un año más o menos, dejé de comer mal,adelgacé como setenta kilos, y ya pensaban en el grupo dónde hablarpara que me pudieran operar gratis la carne que me sobraba.Por esos día conseguí trabajo en el hospital. Claro, ya no me veía gorda y con los lentes de contacto era otra. Hasta me dio por broncearme. La verdad cada día estaba más linda. Una noche, en la guardia, lo conocí a Carlos. Una amiga del grupo me había dicho que si ponías a San Antonio en tu casa, cabeza abajo y cara contra la pared él te conseguía novio. Hasta en eso me ayudaron. ¡Qué buena gente! Por eso, cuando me dijeron si quería ser la tesorera del grupo no me pude negar. ¿Cómo les iba a decir que no, con lo que habían hecho por mí, si yo era otra? Carlitos siempre me lo decía. Y Betty, ni te cuento, estaba verde de envidia al verme tan linda y en pareja. Entonces, en las reuniones del grupo de autoayuda, me esforcé por cumplir con mi deber: el pesito se lo exigía a todo el mundo, me ponía en la puerta bien severa, y ni siquiera a los que veía que no podían pagar los perdonaba. Si no sos exigente te toman de estúpida…Yo había dejado atrás la pesadilla de la gordura gracias a toda esa gente, era justo que cumpliera bien mi obligación. ¿No?
La verdad, no te puedo decir cuándo me volvió el hambre. Más desenfrenada y voraz que nunca. De repente, empecé a tener deseos irrefrenables de comer y comer y comer. Pero pensé en todo lo que había conseguido, y me dije: "no Julita, así no, tenés que mantenerte. Necesitás alguna gratificación. ¿Por qué no un pequeño viajecito con Carlos a la costa, o ropa nueva, o peluquería?"
Cuando se dieron cuenta, el grupo le debía al cura un año de alquiler. Los echaron como a perros. Y por ese barrio andan todos gordos de nuevo.
Decímelo a mí, que desde que Carlos me plantó yperdí el trabajo ya voy por los doscientos…
Cati Cobas




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