Saturday, March 03, 2007

BIEN "DE BUTE"


Hoy hace justo un año que murió Fernando. Sus amigos dicen que se fue de este mundo bien de bute.

-Hola, tío, mirá, te llamo para avisarte, no sé cómo decirlo…Papá murió. Lo encontramos tirado en la cocina. Se estaba preparando el desayuno.

...

-Si. Tuve que saltar la tapia. La puerta estaba con la llave puesta.

...

-…Mañana a las ocho. Chacarita.


Dicen también que extrañan su buena sombra de árbol bueno. Hay un piano mudo en la casa de Lugano. Allí armaba bicicletas porque tenía que comer, y escribía tangos porque era su forma de vivir.


-Hola…si abuela. No, no sé. ¿Eso te dijo el tío?

...

-Se debe haber ido unos días a Mar del Plata, con Moni.

...

-Bueno, bueno, le digo que te llame.


Era incapaz de mentir o traicionar. Sus hermanos vaciaron la fábrica porque él sólo sabía de corcheas y de fierros pero no de números. Se resignó, sin lucha, a perder su parte por la que tanto yugó en ese galpón de Parque Patricios, y cuando pusieron la bandera de remate se refugió en el tallercito, donde apenas si ganaba el mango cotidiano. ¿Para qué pelear?, pensó. Ya fue. Lo suyo era el tango. Ahí sí tallaba. La foto de Di Sarli, al lado de la de Mirna, sobre la carpetita de crochet que ella dejó arriba del piano. Las noches de café y lunfardía. Sol do mi. Dos por cuatro y varios ceniceros. Cinco hijos y solo. La vejez tiene estas cosas. No eran malos los chicos, pero cada uno tenía su vida hecha. No le gustaba estorbar. Una visita cada tanto, una tarde de domingo compartida con los nietos, y jazmines a la vieja que, viejísima, pero lúcida y despierta lo esperaba infaltable cada semana.
-¿Qué tal abuela? ¿Cómo andás?

...

-¿Cómo? Vos sabés muy bien cómo es el viejo. Me extraña que los tíos te digan eso.

...

-No, no les debe nada.

...

-¿Ingrato? No. Ya sé que cumpliste los noventa.

...

-Se le habrá pasado


-No, Moni no tiene teléfono. Bueno, te dejo. Si, le digo cuando llame.


Fernando se ponía el saco y a San Juan y Boedo. Cualquier piano le venía bien. Los poetas le alcanzaban letras, y él les regalaba música a los versos. Ellos no eran Discepolín, ni Fernando era Canaro, pero no importaba. De noche y en la sombra se sentía el mejor, seguramente. Tuvo que conformarse con muy poco y se fue como vivió, sin molestar y bien de bute, como dijeron sus amigos. Desplomándose una mañana en la casa de Lugano mientras calentaba el agua para el mate, como corresponde. Sin engañar ni traicionar a nadie.


-Si abuela. Bueno. Está bien.

...

-¿Cómo?

...

-Si, ¿que va a estar siempre en tu corazón? Bueno, le digo. Un beso. Chau.

...

-Y ahí se va a quedar abuela, eso seguro.


Cati Cobas

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