
Descubrí a las primeras en un banco de la plaza mientras estaba de custodia en la farmacia de Don Pancho. Eran igualitas. Sólo que una parecía la copia de la otra, pero con demasiadas arrugas. El mismo pelo rubio descolorido, las mismas uñas largas y rojas, la misma forma desgarbada de sentarse.
Después apareció otro par en el mercado. Otra vez las dos iguales. Pero éstas eran petizas, gordas y con anteojos de fondo de botella. La vieja llevaba apretado el monedero y la joven, la bolsa de las compras. Una bolsa tejida con sachés de leche trenzados al crochet.
Cuando me crucé con la tercer pareja, otra vez una joven y una vieja, éstas lungas y flacas como la Olivia de Popeye, pero como calcadas con el Simulcop, decidí investigar qué estaba pasando en esa zona de Valentín Alsina.
Uno no es cana porque sí, para algo me tragué la escuela de policía completita. Está bien que de zumbo no pasé, pero igual, algo se aprende de investigaciones.
¿Por qué tenían que ser tan iguales? ¿Por qué? Digo yo.
Las seguí hasta verlas desaparecer en el galpón del Tano.
Ese día no hice nada. Las dejé que entraran y no las molesté. Pero volví a la noche. A Laura no le dije, porque tuve la sensación de que se iba a reír de mí. Esperé a que se durmiera y en cuanto oí el primer ronquido, me puse el gabán encima y salí de la pieza despacito sin hacer ruido.
Caminé por el terraplén, hasta descubrir la silueta de la fábrica. Con la luz de la luna metía un poco de miedo, pero yo no soy cagón, así que me deslicé hasta debajo de la ventana y me puse a espiar a través de los vidrios roñosos.
Lo único que se veía era una máquina. Enorme y vieja, que chirriaba en medio del silencio de la noche. Esa vez me tuve que rajar porque me pareció que se acercaba alguien.
A la mañana siguiente, cuando andaba de ronda con el patrullero, creí ver a las rubias de la plaza charlando con la gorda de anteojos más joven. Pensé: ¡Qué raro que se conozcan ésas! Pero Cacho, mi compañero, me habló de otra cosa y me distrajo.
A la noche volví a la fábrica, a ver si sacaba algo en limpio. Golpeé la puerta. No llevaba ninguna autorización para entrar, pero me había dejado puesto el uniforme con la chapa y todo. En último caso, con algún sopapo lo arreglo, pensé. No iba a dejar que me pasaran, así, viviendo en mi zona, multiplicadas, repetidas sin que yo hiciera nada.
Me abrió la flaca vieja, pero no me dieron tiempo. En seguida me rodearon. Hubieran sido muy buenas en mi laburo, la verdad.
No me dieron tiempo, te juro. Me hicieron entrar de prepo en un cuartito donde había un cartel que decía: “Duplicados”, pero antes de entrar, me explicaron que era una tanga que habían encontrado unos chantas alemanes que vinieron al final de la segunda guerra. Cuando alguien no podía tener pibes lo metían en la duplicadora y chau. Lo malo era que a los pocos días la madre se veía como una piba al lado de la hija.
A mí me metieron a empujones. Todavía no sé cómo pasó, pero no la puedo convencer a Laura de que ése que me sigue a todas partes no es mi viejo, sino que lo va a tener que querer como al hijo que no tuvimos.
Después apareció otro par en el mercado. Otra vez las dos iguales. Pero éstas eran petizas, gordas y con anteojos de fondo de botella. La vieja llevaba apretado el monedero y la joven, la bolsa de las compras. Una bolsa tejida con sachés de leche trenzados al crochet.
Cuando me crucé con la tercer pareja, otra vez una joven y una vieja, éstas lungas y flacas como la Olivia de Popeye, pero como calcadas con el Simulcop, decidí investigar qué estaba pasando en esa zona de Valentín Alsina.
Uno no es cana porque sí, para algo me tragué la escuela de policía completita. Está bien que de zumbo no pasé, pero igual, algo se aprende de investigaciones.
¿Por qué tenían que ser tan iguales? ¿Por qué? Digo yo.
Las seguí hasta verlas desaparecer en el galpón del Tano.
Ese día no hice nada. Las dejé que entraran y no las molesté. Pero volví a la noche. A Laura no le dije, porque tuve la sensación de que se iba a reír de mí. Esperé a que se durmiera y en cuanto oí el primer ronquido, me puse el gabán encima y salí de la pieza despacito sin hacer ruido.
Caminé por el terraplén, hasta descubrir la silueta de la fábrica. Con la luz de la luna metía un poco de miedo, pero yo no soy cagón, así que me deslicé hasta debajo de la ventana y me puse a espiar a través de los vidrios roñosos.
Lo único que se veía era una máquina. Enorme y vieja, que chirriaba en medio del silencio de la noche. Esa vez me tuve que rajar porque me pareció que se acercaba alguien.
A la mañana siguiente, cuando andaba de ronda con el patrullero, creí ver a las rubias de la plaza charlando con la gorda de anteojos más joven. Pensé: ¡Qué raro que se conozcan ésas! Pero Cacho, mi compañero, me habló de otra cosa y me distrajo.
A la noche volví a la fábrica, a ver si sacaba algo en limpio. Golpeé la puerta. No llevaba ninguna autorización para entrar, pero me había dejado puesto el uniforme con la chapa y todo. En último caso, con algún sopapo lo arreglo, pensé. No iba a dejar que me pasaran, así, viviendo en mi zona, multiplicadas, repetidas sin que yo hiciera nada.
Me abrió la flaca vieja, pero no me dieron tiempo. En seguida me rodearon. Hubieran sido muy buenas en mi laburo, la verdad.
No me dieron tiempo, te juro. Me hicieron entrar de prepo en un cuartito donde había un cartel que decía: “Duplicados”, pero antes de entrar, me explicaron que era una tanga que habían encontrado unos chantas alemanes que vinieron al final de la segunda guerra. Cuando alguien no podía tener pibes lo metían en la duplicadora y chau. Lo malo era que a los pocos días la madre se veía como una piba al lado de la hija.
A mí me metieron a empujones. Todavía no sé cómo pasó, pero no la puedo convencer a Laura de que ése que me sigue a todas partes no es mi viejo, sino que lo va a tener que querer como al hijo que no tuvimos.
Cati Cobas




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