
El último tren
Ya sé que te pedí que me acompañes y si no quiero entrar, me empujes…Qué querés que te diga…tengo miedo. Un miedo atroz. No consigo sacármelo de la cabeza, y me golpea la boca del estómago. Yo sé que así no puedo seguir, si pierdo este tren ya no puedo subirme a ningún otro, pero se me revuelven las tripas cuando llego a esta puerta y me escapo inevitablemente. Empecé con esto, el día en que cumplí cincuenta años. Carmen me había preparado una fiesta sorpresa. Todas esas tonterías de gente escondida en el vestidor a oscuras, los globos las guirnaldas y el "que los cumplas feliz". Quise huir pero no pude. Me sentí un estúpido. Miraba a los amigos del colegio, a Carmen y a los botijas que ya tienen bigotes y hablan con voz de hombres y pensaba: ¿qué estoy haciendo acá? ¿Qué estoy haciendo con la gorda esta y la vida que se me escapa en una rutina inacabable. ¿Qué estoy haciendo acá, vestido con traje y con corbata? Si yo era un zurdo en mi juventud, si soñaba con cosas mejores para todos. Pero soplé las velitas y puse cara feliz. Pobre la gorda, se había matado preparando el agasajo. Hasta la torta con la camiseta de Peñarol, como para celebrar el cumpleaños de algún chiquilín. Lo peor fue la cara de mi mamá. Estaba tan orgullosa la pobre… Me di cuenta de que había errado el camino. Estaba convertido exactamente en lo que ella y el viejo soñaron para mí: un hombre gris. Un pobre, pobrecito hombre gris de oficina, un cualquiera, un don nadie, un pobre buen tipo con pinta de infeliz. Ni una aventura con una mujer me animé a tener en todos estos años. Me sentí un tonto. Yo, que conquistaba a todas, allá por los setenta, me había convertido en nada. Ahí me decidí. Iba a cambiar. Con suerte, me restaban unos quince años de salud. ¿Te fijaste que en las filas para cobrar la jubilación casi todas son mujeres? Nos exprimen y después se quedan con la casa y la pensión y se van a hacer turismo en dulce rebaño. Ahí sí que se divierten. Lo que antes había que repartir entre dos, lo emplean para ellas solas. Después del día de mi cumpleaños, me sorprendí mirándole las piernas a Cecilia, la del conmutador. Lo mejor fue cuando me di cuenta de que ella también me miraba de reojo. Un día, y otro, y otro más. Hasta que no aguanté, y la invité a almorzar. Total Carmen no tenía por qué enterarse. Mucho en común no nos unía, pero era un bombón, para comérsela. La pobre no tenía un centavo y no me resultó difícil seducirla. Quedamos para el viernes a la salida del trabajo. De ahí en más, los viernes fueron mi día de gloria. Mis cuatro horas en el paraíso. Con Cecilia sentía que volaba. Qué querés que te diga. La muchacha era preciosa, me hacía olvidar de todo. El problema fue cuando se enteró la gorda. No sé cómo hizo, te lo juro. "Ella o yo" fue la consigna. Como si fuera tan fácil.Al final me decidí y dije: dejo todo. Y empiezo otra vez. Me olvido de la próstata, del visonié, de los reclamos de la gorda. Me voy a vivir la última oportunidad. Y me fui. Con una maleta chiquita y el auto. A un departamentito que alquilé cerca del trabajo.
La pena es que Cecilia, me acaba de anunciar que está de tres meses y medio… ¡A mi edad! ¡Otra vez panza y pañales! ¡Y noches sin dormir y mamaderas! ¡Y mujer en cuarentena!
No, te digo, por eso, no quiero ni andar cerca de este lugar, donde me pide Ceci que venga, para iniciar los trámites de divorcio. Es que, apenas me acerco, siento el puñetazo justo acá, acá, en la boca del estómago…
La carta de Cecilia
Carta dirigida al Sr. Carlos Escouto y Sra., Mercedes, departamento de Soriano,
Montevideo, 22 de diciembre de 2003
Queridos viejos:
¿Cómo contarles lo que me está pasando? No sé, la verdad, por dónde comenzar. Ocurre que Ernesto (él se llama Ernesto), me invitó a salir hace un tiempo, aunque era mucho mayor que yo, me pareció que era tan bueno, tan amable, que no me importó la diferencia de edad. Me sentí protegida por él. Además, tiene una buena posición económica y, hasta ahora, ha sido generoso. Pude salir de la pensión, y estamos viviendo en un pequeño departamentito que alquiló cerca del centro. Ustedes saben que salir de allá, del pueblo, era muy difícil, y tampoco ustedes podían ayudarme, así que pensé, que era una buena oportunidad de mejorar en la vida. Ernesto no es ni demasiado feo, ni demasiado lindo, y, aunque a veces me resulta un poco aburrido, vivo con él mucho mejor que antes y voy a poder mandarles plata ya que, si sigo trabajando, el sueldo me va a quedar casi enterito.Eso sí, lamentablemente, Ernesto era casado. Pero no se asusten, ya se separó, y está iniciando los trámites de divorcio. Me dan un poco de lástima los hijos, ya que tiene dos varones de quince y diecisiete años, pero bueno, así es la vida. Igual, cuando los trae, yo los trato bien y creo que un poquito me quieren. Aunque me parece que pronto voy a tener que ponerles límite (ustedes me entienden), ya que están más cerca de mí por edad, que su papá.La verdad, viejos, esta carta es lo más difícil que escribí en mi vida. Tengo miedo que se enojen conmigo. Ustedes tenían tantas ilusiones de que su Ceci iba a triunfar en la ciudad y su Ceci les escribe para contarles que se juntó y algo más… ¿Cómo decirles, sin que se preocupen, que me fui a vivir con un jefe y que espero un hijo? Nacerá, si Dios quiere, en junio del año que viene.Me imagino que para ustedes todo es tan sorpresivo que, dicho así, de golpe, los habrá hecho sentarse y pensar que me volví loca.Pero no, estoy tratando de vivir y ser lo más feliz posible y ayudarlos también a ustedes. No me imaginé que iba a quedar embarazada, pero no me lo quiero sacar, y sé que este hijo nos va a unir cada vez más, con Ernesto.Bueno, queridos viejos. Cuando Ernesto se haya divorciado (que creo será muy pronto) y tengamos la fecha del casamiento, les mando la plata y se vienen unos días. Total, podemos poner algunas cobijas en el piso, y nos acomodamos.En cuanto junte unos pesitos, se los giro. Los quiero mucho, y no se preocupen por mí, que voy a estar muy bien. Con el cariño de su hija
Cecilia
Demás está decir que hay otra historia
El comedor diario en la casa de los Gálvez estaba triste esa mañana de domingo.
Llovía. Una llovizna finita que pegoteaba los vidrios y envolvía todo el lugar. Ya hacía seis meses que Ernesto, el hombre de la casa, se había ido con Cecilia. Carmen, sin ganas, preparaba el estofado, mientras los muchachos, también con desgano, tomaban el café con leche.
-Vieja, ¿hoy también tenemos que ir a ver al viejo?- dijo Pablo, el menor.
-Yo no los obligo- respondió Carmen, que pelaba despacito los tomates, y los picaba con la cuchilla minuciosamente, en un apego especial a la seguridad que brinda la repetición de los pequeños hábitos.
-Pero papá quiere que vayamos-, agregó Lucio, como queriendo darse ánimo.Carmen, dejó el cuchillo en la mesada, y comenzó a llorar. Lloraba en gris y despacito, como la llovizna que inundaba el comedor diario de la casa de los Gálvez.
-La verdad chicos, no puedo creer que esto nos esté pasando- dijo Carmen mientras se enjugaba las lágrimas con el delantal de cocina.
-¡Nosotros tampoco!- fue la poco original respuesta.
Y los muchachos partieron a vestirse para ver al padre, tan sin ganas, como sin ganas Carmen les sirvió los fideos y la salsa. La rutina continuó en esa casa ese domingo y muchos otros. Siempre igual: fideos, estofado y visita de compromiso al padre. En el centro, la panza de Cecilia, se volvía luna llena, y el corazón de Ernesto se encogía de dolor y alegría simultáneos. No hubo divorcio. Carmen se negó rotundamente. Claro que llegó la vida de la mano de Camila. Camila, una beba gordita y sonrosada, le hizo olvidar a Ernesto el desamparo de Carmen y los hijos. Camila llegó para quedarse, y sedujo a sus medio hermanos a puro ajó y sonrisa desdentada.Vinieron los abuelos desde el pueblo y se tendieron las mantas en el departamento mínimo.Carmen leyó en los ojos de los muchachos que la batalla estaba perdida. Lo comprendió otro domingo, cuando los botijas (para ella siempre serían sus botijas), le dijeron que no los esperara hasta la noche tarde. Pese a todo, el departamento mínimo era un hogar, y Cecilia sabía hacerles sitio.
Ese día Carmen firmó, en espíritu, la sentencia de divorcio, y decidió que la vida tenía que empezar de nuevo para ella.
Cati Cobas




0 comments:
Post a Comment