Saturday, March 03, 2007

LA QUINCALLERA



Claudia me dijo que como todas sus amigas iban a ir al curso para aprender a confeccionar velas, me olvidara de ella los viernes a la salida del banco.

Yo le dije que me parecía bien porque eso me permitiría ir con los muchachos a jugar al papi-fútbol sin tanta culpa, como lo hacía hasta el momento.



La primera semana, cuando llegué a casa, la encontré feliz contemplando su primera creación: una vela ambarina, cilíndrica, con perfume a azmicle. La encendió por la noche en el dormitorio e hicimos el amor como nunca, alumbrados sólo por esa luz tan especial y envueltos en aquella fragancia que aún hoy no dejo de evocar.

El sábado a la mañana, Claudia se levantó tempranísimo y me explicó que se iba a comprar parafina, moldes, pabilos y otras cosas que necesitaría para el curso. Cuando le propuse ir al cine por la tarde, me contestó que prefería quedarse a practicar su nueva afición. Aquel fin de semana invadió la cocina con cacerolas, latas de tomate vacías, parafina, colorantes y esencias, y me ví en la obligación de ocuparme del almuerzo y de la cena porque Claudia fundía y fundía, volcaba y modelaba cera azul, cera verde, combinada, con perfume a lavanda, a limón y a frutilla y a todo lo que imaginarse pueda.

"Por lo menos -pensé- esta noche volveremos a alumbrar nuestro cuarto a la luz de las velas y compensará así el haberme ignorado durante todo el fin de semana". Y así fue: cuando oscureció, y las velas se encendieron, Claudia también estalló en fuego, y me hizo perdonarle el abandono.


Siguió la cosa toda la semana y la siguiente. Aunque estaba cansadísimo, ver a Claudia tan entusiasmada con su actividad y, debo reconocerlo, el placer de las velas encendidas por la noche, me hizo aceptar la situación sin alterarme, buscando consuelo en el campeonato de fútbol de primera en el que estaba puntero el Racing Club, el equipo de mis amores desde toda la vida. Es más, cocinaba con gusto y barría o pasaba la franela a los muebles porque, hay que reconocerlo, la casa estaba cada vez peor. Ella llegaba del banco y lo único que le importaba era la parafina y alguna nueva creación de extraña forma y más extraño aroma que hacía surgir de sus delicadas y transparentes manos. Me doy cuenta que digo transparentes, y así era. No sé si por efecto de la parafina o de la luz la piel de mi mujer, que siempre había sido nacarada, comenzó a adoptar un aspecto traslúcido que dejaba ver el latir de sus venas y permitía adivinar el correr de la sangre por ellas.


Una noche, en que no había nada para preparar un postre, decidí comerme una manzana. La verdad, le sentí un sabor rarísimo, y pensé que era yo, que tal vez había fumado demasiado de tan nervioso que estaba por los cambios que veía en mi esposa. Pero a la mañana, las tostadas tenían el mismo sabor, y cuando le pregunté a Claudia si ella no lo percibía, me contesto que no, que para ella, las tostadas estaban como siempre.


Semana a semana, la apariencia de Claudia se volvía cada vez más ambarina, sus noches eran más ardientes y la comida tenía más gusto a vela.


Han pasado ya seis meses desde que empezó el curso. Y no me resigno. No me resigno a haberla encontrado esta mañana convertida en un charquito de vela derretida sobre la alfombra de nuestro dormitorio. En cuanto a mí, la dieta parafínica me ha transformado definitivamente en un cirio con los colores de mi equipo favorito.


Cati Cobas

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