
Me parece que tenía alrededor de nueve años. Más o menos tu misma edad.La tienda está todavía, en Centenera y Castañares, frente a la florería y sigue pareciendo detenida en los cuarenta.
Era un salón grande, repleto de vitrinas de madera oscura, en los que prolija, casi obsesivamente, se guardaban artículos de mercería.
Mamá y yo íbamos, después de la consabida "vueltita" por Asamblea, a buscar hilos, botones o cierres, según mamá, a precio de "pichincha". Pero...para mí, comprar allí tenía como precio el desconcierto y el miedo.
Para empezar, debía abrir grandes los ojos en la viscosa penumbra y cerrar la nariz si no quería recibir, de golpe, el denso olor a humedad que se desprendía de cada dedal, de cada alfiletero...
La vendedora me parecía una araña doméstica, verrugosa, bigotuda y tan viscosa como la penumbra y la humedad de su mercería.Procuraba de todas formas envolver a su clienta en una red pegajosa de insistencia y regateo abrumadores. Una vez que entrabas a la tienda, imposible irse sin comprar.
La trastienda, de la que lo único visible era una mesa de madera oscura con patas torneadas y una silla de Viena, estaba separada del local por una cortina de cretona marrón con grandes flores rosadas.Ahí guardaba la insistente vendedora, su último recurso para el regateo: -"consultaré con papá el último precio"."Pero papá, no puedo vender este hilo perlé a ese precio, ése es el costo".-"La señora ofrece cinco pesos por la tafeta azul, ¿se la dejo?".Invariablemente, reaparecía con el hilo o la tafeta y la aprobación de la rebaja.
Era un salón grande, repleto de vitrinas de madera oscura, en los que prolija, casi obsesivamente, se guardaban artículos de mercería.
Mamá y yo íbamos, después de la consabida "vueltita" por Asamblea, a buscar hilos, botones o cierres, según mamá, a precio de "pichincha". Pero...para mí, comprar allí tenía como precio el desconcierto y el miedo.
Para empezar, debía abrir grandes los ojos en la viscosa penumbra y cerrar la nariz si no quería recibir, de golpe, el denso olor a humedad que se desprendía de cada dedal, de cada alfiletero...
La vendedora me parecía una araña doméstica, verrugosa, bigotuda y tan viscosa como la penumbra y la humedad de su mercería.Procuraba de todas formas envolver a su clienta en una red pegajosa de insistencia y regateo abrumadores. Una vez que entrabas a la tienda, imposible irse sin comprar.
La trastienda, de la que lo único visible era una mesa de madera oscura con patas torneadas y una silla de Viena, estaba separada del local por una cortina de cretona marrón con grandes flores rosadas.Ahí guardaba la insistente vendedora, su último recurso para el regateo: -"consultaré con papá el último precio"."Pero papá, no puedo vender este hilo perlé a ese precio, ése es el costo".-"La señora ofrece cinco pesos por la tafeta azul, ¿se la dejo?".Invariablemente, reaparecía con el hilo o la tafeta y la aprobación de la rebaja.
A mí me rebelaba ver a tamaña y bigotuda grandota, dependiendo en todo de un señor que ni siquiera se tomaba la molestia de conocer a sus clientas y, poco a poco mis nueve años de curiosidad y osadía, me hicieron reunir el suficiente coraje para deslizarme por detrás de la cortina de cretona marrón con grandes flores rosadas...
Mamá, ahora anciana, todavía recuerda el susto que recibió cuando me vio salir corriendo, por la avenida Castañares envuelta en la cortina que arranqué, desesperada por escaparme de la trastienda...donde sólo estaban la silla de Viena y la mesa de madera oscura con patas torneadas.
Cati Cobas




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