Saturday, March 03, 2007

LAUTI, "EL REALIZADO"


Llegué a lo de Eugenio y Cora un lunes de marzo cerca del mediodía. La sala: impecable, como siempre. Tiempo atrás, mi cliente y amigo había decidido que no valía la pena pagar por una oficina, cuando en su casa, con una computadora y dos teléfonos podía manejar perfectamente los hilos de su empresa. Hacía mucho que no los veía y, pasé para que él firmara unos papeles.

Cora nos dejó sobre la mesa el café con esas masas tan ricas que sólo ella preparaba y se fue por la tangente, bah, por la escalera que sube a los dormitorios, con la peregrina intención de despertar a Lautaro, primogénito de los Alsina.

"Lauti me tiene cansado", me espetó Eugenio apenas nos quedamos solos. "Mirá que ambicioné grandes cosas para él, que siempre pensé que tenía muchas condiciones. Pero cumplió los treinta y uno y nada. Dice que trabajo no consigue. Se la pasa durmiendo o entrenando. Y eso que con Cora le decimos: "La vida pasa, Lauti, nosotros ya estamos viejos. Y tu madre, cansada de planchar camisas. Es hora de sentar cabeza, tener tu propia familia, hacerte un futuro"".
"Pero este marmota: nada. "Viejo me voy a Mardel este fin de semana. Dame guita". Como si fuera tan fácil conseguirla.
A la facultad fue. Si hasta se recibió de contador, pero cuando le pido que me ayude con los papeles de la empresa, me dice que lo deje en paz, que tiene que ir al gimnasio. ¿Qué hago yo con sus bíceps y sus tríceps? Si por lo menos le sirvieran para ganarse unos mangos como pato vica, pero no, el tipo duerme hasta las dos de la tarde, y la madre le corre atrás con el huevo batido con azúcar para que no se le desnutra. La otra vez le pedí que me ayudara en una reunión con los compradores holandeses…se vino de ojotas y bermuda…Hay veces en que dudo. Me pregunto si Cora no me habrá puesto los cuernos y el padre verdadero de Lautaro es otro, porque a mí no sale para nada, viejo.
No lo puedo creer, simplemente no me entra en la cabeza; a su edad yo ya estaba casado y él por nacer. El muy tarado tiene una novia…cibernética. No se vieron nunca. Vive acá nomás a quince cuadras, parece, pero prefieren el sexo virtual. Digo yo…cómo puede ser virtual el sexo. Claro, está el problema del sida, pero de ahí a bajarse la caña por computadora en vez de un buen polvo en vivo y en directo… ¡Hay que ser boludo!"

Mientras Eugenio se despachaba a gusto, yo pensaba en qué decirle, en cómo actuar en semejante situación, me devanaba la sesera para hacerle ver al pobre que comprendía su desgracia, concretada en ese hijo indolente, descastado. Buscaba en vano una opinión, algún consejo que sacara del pantano al matrimonio Alsina, algo que los rescatara de las “bondades” de su calamitoso engendro. Pero no se me ocurría nada. Hasta que, de pronto, surgió una idea brillante. Le propondría a Eugenio que me pagara unos pesos por llevarme a Lauti como empleado. De paso veríamos si se enganchaba a trabajar y, por otra parte, me vendría bien que alguien me diera una mano con las contabilidades de los tenderos de Avellaneda…los chinos andaban protestando porque se las tenía muy atrasadas. Tuve apenas tiempo de sugerírselo a mi amigo quien estuvo de acuerdo de inmediato.

Estábamos en esas tratativas cuando bajó Lauti precedido por Cora que, presurosa, se encerró en la cocina a prepararle un pantagruélico desayuno que puso, diligente, sobre la mesa del comedor. Lauti, tostado por la lámpara del gimnasio, ya que las horas de sol las pasaba, evidentemente, durmiendo, nos gruñó un buen día mortecino, se repantigó en su silla y se dedicó a comer de a uno, con una cucharita, los copos de maíz con leche que su madre le sirviera. Después del jugo de naranja, pensé que era hora de colaborar con Eugenio en el intento de levantar el nivel de actividad del muchacho por lo que sugerí: "¿Decime Lauti? ¿Te gustaría venir a ayudarme con unos balances que tengo atrasados?" Lautaro bostezó un bueh… y comenzó a rascarse la nuca mientras se desperezaba. "Te espero mañana a las ocho", le dije. Eugenio, apoyando mi propuesta le pidió:
"Mirá hijo, si te vas a dedicar al trabajo, hacelo con ganas, con empeño. Cumplí por fin con aquello que te ha sido destinado. Es hora de que te realices, que concretes tus sueños más profundos. Si el amigo te lleva a trabajar será porque habrá pensado que sos capaz de cumplir en todo". Lautaro llegó en un taxi ocho y media. Pelo revuelto, jeans y buzo de algodón. Se había quedado dormido.



No saben la cara que puso Rocío, mi asistente, cuando el pato vica desembarcó en la oficina y se desparramó en su escritorio.
Rocío era el polo opuesto del pato vica metido a empleado de contaduría. Pelo largo, largísimo, piel blanca y ojos tan negros como la ropa con la que solía vestirse.
Yo amaba a esa piba que algunas tardes me sacaba de la rutina de un matrimonio de muchos años en medio de biblioratos y balances. La amaba, pero no lo suficiente como para romper con Mónica, como para tirar por la borda familia e hijos.
Rocío se entregaba mansamente a mis brazos y yo la compensaba con algunas mejoras en su nivel de vida. Mucho no era, pero la piba no se quejaba y todo seguía su ritmo sin trastornos.

Pero volvamos a Lautaro. A medida que pasaban los días, se iba mostrando un poco más interesado en el trabajo. Eugenio estaba chocho y yo también porque tenía ayudante gratis. El viejo lo bancaba, pero como el pibe no lo sabía, tan contento. Eso sí, comenzó a sufrir una nueva transformación. Se empezó a vestir de negro, trajes lánguidos, y a tener un aspecto pálido, como de muerto ojeroso. Mis pibes me explicaron que podría tratarse de un look…¿Cómo dijeron? Ah si…dark, creo que le llaman. En fin, que Lauti parecía ahora una especie de vampiro actualizado, cosa que para tener treinta y uno me resultó, por lo menos desconcertante. En general esos disfraces son cosas de adolescentes, pensé, pero a la vez, acompañando esa transformación en la apariencia se iba volviendo más y más responsable, trabajaba cada día con más empeño, con más precisión. Su contracción al trabajo era directamente proporcional a la modificación de su aspecto. Los músculos se reducían y la palidez aumentaba. Tanto como la opinión de los chinos con respecto al encargado de sus contabilidades. Llegó un momento en que Lautaro se convirtió en mi mano derecha. Es más yo mismo le dije al padre que dejara de darme plata. Su pálido muchacho me sacaba los trabajos de inmediato, prolijos, detallados, impecables. Yo casi no tenía necesidad de ir a la oficina porque Lautaro empezó a encargarse de todo. Era increíble lo bien que se desenvolvía y las horas que podía dedicarse al trabajo. No quedaban ni los restos del bueno para nada alimentado con copos de maíz musculoso y bronceado que me había llevado del comedor de Eugenio y Cora.

Estaba tan cómodo y asombrado por lo que sucedía que no reparé mucho en Rocío. Es más durante ese tiempo en que Lautaro se ocupó de todo empecé a quedarme más en casa. Pero una tarde en que él había ido a la calle Nazca a ver unos clientes la abracé con malas intenciones, bueno malas es un decir nomás, ya se imaginan. Y me di cuenta de su piel blanca era ahora inmaculada, transparente casi y estaba, ella también, ojerosa hasta el infinito.

No la toqué. Hubo algo que me hizo detener. Comencé a recordar las recomendaciones de Eugenio el día en que invité a Lauti a trabajar conmigo: “Cumplí por fin con aquello que te ha sido destinado. Es hora de que te realices, que concretes tus sueños más profundos”. No hubo tiempo para más. Llegó Lauti.

Y aquí estoy, vestido de negro, ojeroso y pálido, buscando alguien para hincarle los colmillos en el cuello y más pobre que una laucha, ya que Lauti y Rocío se quedaron con todos los clientes del Estudio.
Cora y Eugenio pueden sentirse muy, muy orgullosos.


Cati Cobas

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